domingo, 28 de abril de 2013

Orar con una sonrisa diaria



Contaba un buen médico el recuerdo que guardaba de una de sus confesiones de niño. Tendría unos nueve años. Se acusó de haber cogido dinero a su padre. El sacerdote le preguntó cuánto había cogido. Y él, ingenuamente, respondió:

-Trescientas pesetas. Pero la penitencia póngamela por quinientas.

El sacerdote, con cara de desconcierto, volvió a preguntar.

-¿En qué quedamos, trescientas o quinientas?

-Fueron trescientas -respondió él con gran aplomo -Pero no me llegan; tengo que cogerle otras doscientas.

¡Cómo le costó al cura convencerle que ni las doscientas futuras ni las trescientas pasadas!



Si de verdad nos arrepentimos, debemos estar dispuestos, no a no volver a caer, sino a luchar por no volver a caer.
La confesión entraña el propósito sincero de cambiar, de mejorar, y para eso instituyó Jesús la confesión: para concedernos su perdón y para darnos fuerza que nos ayude a cambiar de vida.

(Tomado del libro de Agustín Filgueiras "Orar con una sonrisa diaria" Colección HABLAR CON JESÚS)

Domingo V de Pascua


Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
- «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Sí Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

domingo, 21 de abril de 2013

Orar con una sonrisa diaria


Según una piadosa tradición, el papa Inocencio III le regaló un crucifijo al rey de Aragón, Pedro II el Católico. Éste se lo dejó en herencia a su hijo Jaime I el Conquistador.
Este rey se llevó dicho crucifijo a la conquista de Mallorca. Después de la victoria, lo donó a la primera iglesia parroquial, la de Santa Eulalia.
Un pobre hombre fue un día a confesarse a dicha iglesia. Sus pecados eran tantos y tan grandes que el sacerdote le negó la absolución. Aquel hombre, desalentado y abatido, estaba a punto de ahorcarse. Se le acercó un joven invitándole a volver a confesarse y asegurándoñe que el mismo Jesús acudiría en su defensa.
Obedeció el pecador. Se confesó. Y al acabar de referir sus culpas, el Cristo del crucifijo desclavó su mano derecha y dirigiéndose al sacerdote, le dijo:

-"Mira lo que me cuesta. Absuélvele"

Desde entonces el crucifjo lleva e nombre de "Santo Cristo del Milagro" (Siglo XVII)



El perdón de nuestros pecados ya está ganado: nos lo ganó Jesús muriendo en la cruz. Vamos a la confesión para hacerlo nuestro, para aplicárnoslo. El Señor nos acertó la quiniela. Lo que tenemos que hacer es cobrarla.
¿Cuántos enfermos quedarían si para curarse bastase con desearlo de verdad y decirle al médico nuestros achaques? No quedaría un enfermo en el mundo. Pues eso es la confesión para las enfermedades del alma.

(Tomado del libro de Agustín Filgueiras "Orar con una sonrisa diaria" Colección HABLAR CON JESÚS)

Jornada de Oración por las vocaciones 2013


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Domingo IV de Pascua


En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y Él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno". 

domingo, 14 de abril de 2013

Orar con una sonrisa diaria


En la Semana de Pascua del año 1981 ó 1982, el papa Juan Pablo II bautizó a una joven universitaria holandesa en Roma.Ella misma le contó al Papa el proceso de su conversión.
Su familia era protestante. De pequeña -decía- había observado que los niños católicos eran más alegres que los protestantes. Luego, siendo joven y ya en la universidad, había constatado la misma realidad.
Esa observación, según ella, le llevo a preguntarse: "¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros?" Porque eso debe ser la causa de su distinta alegría.
Llegó a la conclusión de que el secreto, la razón, está en el Sacramento de la Penitencia, patrimonio católico del que carecen los protestantes.
Eso le movió a estudiar el catolicismo, y el estudio acabó en conversión.


Saberse perdonado es una necesidad psicológica: de ahí nuestras justificaciones y disculpas. Y Dios, que nos ha creado con esa necesidad, nos ha dado el remedio: la confesión.

(Tomado del libro de Agustín Filgueiras "Orar con una sonrisa diaria" Colección HABLAR CON JESÚS)

Domingo III de Pascua


En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberiades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
- «Me voy a pescar.»
Ellos contestan:
- «Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
- «Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron:
- «No.»
Él les dice:
- «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. »
La echaron, y no teman fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
- «Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
- «Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
- «Vamos, almorzad,»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

lunes, 8 de abril de 2013

Declaración de la Renta




Marcar las dos casillas no te cuesta nada. De este modo, estarás destinando un 0,7 % de tu cuota íntegra a “La Iglesia Católica” y, además, un 0,7 % a “Fines Sociales”.

domingo, 7 de abril de 2013

Domingo II de Pascua


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
- «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
- «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
- «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
- «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Orar con una sonrisa diaria


Un muchacho asistía a un colegio en cuya capilla había una imagen de la Virgen de los Dolores. Aparecía el Corazón de María traspasado por siete espadas.
Una tarde ese muchacho cometió un pecado mortal. Al día siguiente, al llegar al colegio, fue, como todos los días, a la capilla. Vio que el corazón de María no tenía clavadas siete espadas. Contó una y otra vez... El resultado era siempre el mismo: él, aquel día, las espadas que ccontaba eran ocho.


El dolor de una madre al ver, impotente, cómo su hijo destroza su vida, es un reflejo de lo que debe ocurrir en el Corazón de María al vernos pecar.
Cada pecado mío martiriza su Corazón de Madre.

(Tomado del libro de Agustín Filgueiras "Orar con una sonrisa diaria" Colección HABLAR CON JESÚS)